¡Las buenas instituciones importan!

Por Damian Boeselager


En estos días, cada vez que vemos las noticias, escuchamos sobre crisis institucionales en las democracias occidentales: conflictos abiertos entre el presidente y el Congreso de los EEUU, eslóganes como “el pueblo contra el Parlamento” en la campaña electoral del Reino Unido, conflictos violentos sobre la independencia de Cataluña en  España. La democracia parlamentaria se encuentra en aguas turbulentas, también en la UE, donde una sucesión de crisis ha generado dudas sobre la capacidad de las instituciones europeas para resolver problemas. A la luz de estos acontecimientos, demasiados líderes políticos han metido la cabeza en la arena. Doce años después de la fallida Constitución Europea y diez años después del tratado de Lisboa, nos hemos parado de impulsar la construcción de instituciones de la UE. Esto es un error, porque las reformas institucionales se han vuelto urgentemente necesarias para abordar los desafíos que nos afectan a todos.


Las buenas instituciones importan. Permiten a las sociedades equilibrar intereses en competencia de una manera democrática, constructiva y pacífica.  Quienes ayudaron a construir Europa se dieron cuenta de que los estados nacionales pueden representar los intereses de sus ciudadanos de manera más efectiva cuando los problemas transnacionales se resuelven colectivamente en instituciones compartidas. Teniendo en cuenta los diferentes intereses, culturas e historias nacionales, esta creación de reglas comunes es un logro notable. Debido a que estas instituciones europeas comunes fueron vistas como una fuente de paz, progreso y prosperidad, la idea europea ha atraído continuamente nuevos miembros durante más de medio siglo.


Hoy, la UE ha perdido mucho de su poder integrador. Desde el Tratado de Lisboa de 2009, el impulso del proyecto europeo parece detenido. Ni siquiera los eventos más drásticos de los últimos años han llevado a reformas institucionales significativas: ni crisis financieras y de deuda, ni diez años de guerra en Siria y sus terribles efectos humanitarios; ni el aumento de la conciencia sobre los efectos masivos del cambio climático, ni los desafíos sociales y éticos causados por la transformación digital.  A pesar de todos estos problemas que enfrentamos los europeos, las políticas sobre asuntos exteriores y seguridad, migración y asilo, impuestos o redes de seguridad social permanecen bajo control nacional.


¿Por qué es esto?  ¿Qué impide que los gobiernos nacionales combinen fuerzas para poder responder de manera más efectiva a los grandes desafíos de nuestro tiempo?  Una cosa está clara: los gobiernos nacionales no están dispuestos a comprometer recursos significativos y poderes adicionales a nivel de la UE.  Podemos observar esto actualmente durante las negociaciones presupuestarias de la UE, donde los gobiernos permanecen fijos en las contribuciones y los rendimientos nacionales, en lugar de concentrarse en desafíos comunes.  Sin embargo, sin suficientes recursos y poderes legales, la UE no puede abordar eficazmente los problemas transnacionales y, por lo tanto, pierde legitimidad a los ojos de sus ciudadanos.


Esta parálisis es más visible en el Parlamento Europeo: nuestra única institución europea elegida directamente todavía no tiene derecho a iniciar leyes, aumentar los impuestos o votar independientemente sobre su presupuesto. Como resultado, la política nacional domina con demasiada frecuencia en el Parlamento Europeo.  Los líderes nacionales con frecuencia influyen en el comportamiento de votaciones de los parlamentarios europeos de la misma familia partidaria. Esto se hizo demasiado obvio durante la nominación y elección del nuevo Presidente de la Comisión Europea.  El Parlamento demostró ser incapaz de ponerse de acuerdo sobre uno de los principales candidatos.  En lugar de forjar un compromiso, los diputados de las grandes familias políticas esperaron las instrucciones de sus líderes de partidos nacionales, hasta que el Consejo Europeo finalmente presentó un candidato, que en ningún momento se había presentado a los votantes europeos.  La impotencia de los parlamentarios se hizo aún más dolorosa cuando el Consejo acordó previamente la elección del Presidente del Parlamento como parte de su acuerdo de trastienda. El verdadero problema es que muchos parlamentarios estaban actuando racionalmente en este contexto, al menos desde su propia perspectiva.  Después de todo, los partidos locales y sus líderes en el país distribuyen lugares en la lista para las próximas elecciones y, por lo tanto, tienen un poder significativo sobre la carrera de un político. Sin embargo, una verdadera democracia parlamentaria europea no puede surgir cuando los partidos nacionales tienen poderes de veto en cuestiones de importancia paneuropea.


Este dilema ha detenido la integración europea.  Nuestros representantes políticos nacionales y europeos no piden un cambio real.  La reforma institucional de la UE también está ausente en gran medida del debate público.  En cambio, a cualquier persona que pida que se cambien los tratados europeos no se la considera realista.


Sin embargo, pedir una reforma institucional no es para nada ingenuo: es necesario y extremadamente urgente. La reforma institucional es necesaria para permitir a los europeos actuar juntos como en el escenario internacional;  es necesario estabilizar nuestra economía y moneda durante la próxima crisis;  y es necesario ofrecer una gobernanza efectiva a una Unión que permanezca abierta para recibir nuevos miembros.

Las buenas instituciones importan, tanto como los objetivos políticos específicos en sí.  Ya sea porque se preocupe por el cambio climático, la desigualdad, la migración u otros grandes problemas de nuestro tiempo, ninguno de estos desafíos se resolverá sin las respuestas europeas. Para llegar allí, no es suficiente ser simplemente “proeuropeo”. Quienes quieran alcanzar esos objetivos deben ir más allá y exigir mejores instituciones europeas.


La generación que construyó la UE se está retirando.  La responsabilidad de construir una Europa mejor ahora recae en usted y en mí.  No podemos permitirnos fallar.  Necesitamos alzar nuestras voces para presionar a nuestros líderes por un cambio real en Europa.  Necesitamos más personas para participar en partidos para quienes la reforma de la UE no sea solo una promesa de campaña.  ¡Comprométete y hazte activo!  ¡Ayuda a construir la democracia europea que tanto necesitamos!

Damian Boeselager, de 31 años, es uno de los fundadores del partido paneuropeo Volt Europa y un miembro recién elegido del Parlamento Europeo.  En el comité de asuntos constitucionales europeos (AFCO), hizo del progreso de la reforma institucional de la UE su principal objetivo político durante el período parlamentario.