El avance inevitable del globalismo

Hace ya más de quince años de mi Erasmus en Florencia, de aquellos días conservo recuerdos y amistades. Una de las personas que más caló en mí fue un portugués un año menor que yo que convivía en aquella locura de piso. A día de hoy lo sigo considerando una de las personas más inteligentes que la vida ha puesto en mi camino. Políglota, incisivo, sociable, curioso… como digo, una persona increíble.

Las noches acababan siempre con algunas cervezas de más y charlas que, aún hoy, me sigue sorprendiendo que un grupo de veinteañeros pudieran tener. A mi memoria vienen muchas de ellas, pero últimamente ha venido una que tuve con aquel portugués. No recuerdo en que idioma la mantuvimos, pero seguramente serían en un italiano salpimentado con términos en español y portugués y alguna que otra frase en inglés. Lo normal, vaya.

Me contaba aquella noche mi amigo cómo el cristianismo, una religión monoteista, había triunfado en el Imperio Romano precisamente porque se trataba de un Imperio hegemónigo liderado por un regente único. Obviamente la idea no era originalmente suya, pero mi interlocutor siempre ha tenido más facilidad para explicarse que muchos catedráticos. No se refería a que Constantino hubiese visto la conveniencia del cristianismo para apuntalar su reinado, la reflexión de mi amigo iba mucho más allá.

Según él, el monoteismo había permanecido arrinconado en aquella esquinita del Mediterráneo como otra extravagancia más de los judíos. Así siguió siendo durante los primeros tiempos de la dominación romana. El dios de los hebreos sólo era uno más entre la miriada que se repartían el mercado de las almas.

Pero algo cambió con la consolidación del Imperio. Generaciones pasaban y todo el mundo conocido (o la parte por la que los habitantes del Mediterráneo de preocupaban) estaba dominada por un sólo Estado, y al frente del mismo, un monarca único y absoluto. El esqueleto mental para la aceptación del monoteismo por las masas estaba lista. Sólo faltaba que se alcanzara la masa crítica necesaria para que esa minoría de creyentes monoteistas triunfasen, Saulo de Tarso retocó la doctrina y los rituales para hacerla más aceptable para los romanos y en cuestión de un par de siglos, Constantino la convertía en religión oficial.

La idea central de la exposición de mi amigo era muy sencilla, no se trataba necesariamente de que un concepto o idea modificase la realidad, sino que la realidad, a veces, crea las condiciones necesarias para que una idea se implante.

Y es en esa situación en la que nos encontramos ahora mismo. La crisis climática nos golpea justo en el momento en el que disponemos de las herramientas conceptuales para enfrentarlas. En ningún otro momento nos hemos encontrado tan cerca de un pensamiento realmente global. Las organizaciones supranacionales prosperan y se extienden por todo el globo, las relaciones comerciales y los flujos migratorios alcanzan hasta el ultimo rincón habitable del planeta. Si no es ahora cuando podemos desarrollar políticas globales para detener el deterioro de la Tierra, no será nunca.

Cabe preguntarse si, al igual que el pensamiento global, el monoteismo tuvo problemas en su extensión en el Imperio Romano. Evidentemente fue así, las ciudades, donde los beneficios que suponía el Imperio era más evidentes, fueron las primeras en cristianizarse, no así las zonas más aisladas e infradesarrolladas, donde la vida no había cambiado en siglos, siguieron apegados a sus dioses hasta bien entrada la Edad Media. Y también hubo resistencias desde dentro de las propias instituciones romanas, tenemos como caso más evidente a Juliano “el Apostata”.

Del mismo modo existen resistencias a día de hoy, nuestro Juliano particular bien puede ser Donald Trump, o cualquiera de sus émulos. Pero como aquel emperador romano  se trata de elementos retrógrados, que desean volver a un tiempo que ya ha pasado y que, inevitablemente, se verán arrastrados por el devenir de los acontecimientos. Su empecinamiento en una realidad moribunda no va a revitalizarla, sino apenas mantenerla un poco más.

La realidad en la que vivimos, la crisis climática que enfrentamos, nos impone un pensamiento y una acción globalista. Vivimos uno de esos momentos de los que hablaba mi amigo. Es el momento de avanzar con la Historia y de no ser arrollados por ella.