Por qué es importante votar al Parlamento Europeo

Discurso de Julio Guinea hablando de la importancia de votar en las próximas elecciones europeas.

Estimados compañeros y compañeras de Volt. Estimados Presidente, Vicepresidente, Tesorero, Secretario de Organización, Comité Ejecutivo, Asamblea. Queridas amigas y amigos. Gracias a todos por haber realizado este enorme esfuerzo de llegar hasta esta bellísima ciudad y poder reunirnos todos aquí para hablar y discutir los principales puntos que conciernen al futuro del partido.

Tenemos por delante una de las citas electorales más importantes para nosotros y agradezco en este momento al partido que haya pensado en mí para que pudiese ofrecer hoy una breve conferencia sobre la importancia que revisten las elecciones al Parlamento Europeo, de cara a la próxima cita electoral que va a tener lugar el 26 de mayo de 2019, en un momento de enormes tensiones y retos globales, desde los populismos de extrema izquierda y extrema derecha, hasta el calentamiento global. Desde la xenofobia y el racismo, pasando por Estados que violan los derechos humanos, que debilitan el imperio de la ley. Estados donde se incrementa el antisemitismo y la homofobia, pasando por los nacionalismos emergentes que vuelven a resurgir con fuerza en nuestro Vetusto Continente. En este sentido lo peor que le puede pasar al ser humano es darse cuenta de los problemas y no hacer nada por evitarlos.

Por eso nosotros hoy estamos aquí. Porque apostamos por hacer cosas, cambiar cuestiones fundamentales y reformar la Unión para que perdure y pueda devolver ilusión y esperanza a las millones de personas que de un tiempo a esta parte la han perdido.

Lo primero que me gustaría esbozar ante todos vosotros es un breve fragmento histórico del Parlamento Europeo, otrora llamado Asamblea Común, para que entendamos la singular evolución que ha tenido esta institución en los grandes momentos de transformación jurídicos que ha experimentado la Unión Europea.

Todos los aquí presentes nos reunimos, precisamente, porque hubo dos países, Francia y Alemania, y un ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schumann, que el 9 de mayo de 1950 dijo sí a Europa. Se hizo pública la declaración fundacional y constituyó de facto el nacimiento de la Unión Europea, a través de la articulación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero.

La idea de Robert Schumann se basa precisamente en las palabras que había hilvanado Jean Monnet en favor de una “comunidad más amplia y más profunda entre pueblos durante largo tiempo opuestos por divisiones sangrientas”. En ese momento, para salvar las divisiones se propondría colocar el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y de acero bajo una alta autoridad común abierta a los demás países de Europa. Esta alta autoridad viene a ser la Comisión y la primera Comisión de la CECA, -la Comunidad Europea del Carbón y del Acero-, fue dirigida por el artífice de la Declaración del 9 de mayo, el propio Jean Monnet.

Una de las instituciones más relevantes que ya entonces diseñaron los estadistas del futuro Tratado de la CECA sería la Asamblea Común. Esta Asamblea fue el germen del futuro Parlamento Europeo: un órgano que no sería elegido por sufragio universal, sino que sus miembros se nutrían de parlamentarios nacionales de los seis países fundadores, Alemania, Francia e Italia, con 18 miembros cada uno, Bélgica y Países Bajos con 10 y Luxemburgo con 4.

El lugar para la sede primigenia provisional fue Luxemburgo, aunque se optaría por ubicar ahí la Secretaría, no se tardó mucho en designar a Estrasburgo como la ciudad predilecta, donde se ubicaría la sede definitiva para los plenos, pues en ese mismo lugar se encontraba la sede de la Asamblea Consultiva del Consejo de Europa. De hecho, ambos órganos estuvieron estrechamente relacionados en un principio porque emplearon el mismo edificio, celebraron incluso sesiones conjuntas, y la primera de ellas fue el 22 de junio de 1953. Eso nos demuestra la simpatía que la Asamblea Común de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero tenía por la labor que se realizaba desde el Consejo de Europa.

En junio de 1953 ya tendríamos el primer Reglamento de la Asamblea Común y en la primavera de 1954 se constituirían los tres primeros grupos políticos de dicha Asamblea, contando los Democratacristianos con 37 miembros, los Socialdemócratas con 22, los Liberales con 11 y otros dos permanecerían como no adscritos. Este fue el tímido comienzo de la labor del Parlamento que ha permanecido intacto hasta nuestros días, con muy pequeños cambios. Solo ha variado, evidentemente, su responsabilidad. Pero de aquellos tres primeros grupos políticos, bastante cercanos ideológica y espiritualmente a la necesidad de articular una construcción europea común, se dista un abismo frente a los ocho que tenemos actualmente, donde incluso existen algunos que quieren hacer retroceder todo este proceso, como el Grupo “Europa de la Libertad y de la Democracia Directa” o la “Europa de las Naciones y de las Libertades” (“Movimiento 5 Estrellas”…)

Por tanto, las circunstancias y las vicisitudes de este proceso han alterado, y mucho, el reparto de poder.

Volviendo brevemente a la historia, en la segunda sesión de la Asamblea Común de la CECA, entre la semana del 10 y el 13 de enero de 1953, se configuraron las 7 primeras comisiones. Había comisiones desde el mercado común del Carbón y el Acero, pasando por Inversiones y Asuntos Sociales, Transporte, Contabilidad, etc. De todas ellas, la más importante fue la creación de un grupo de trabajo para la reactivación de la construcción europea con 26 miembros, desde la cual surgieron los proyectos del futuro Tratado de Roma.

Es decir, el Parlamento ha sido un motor de la integración europea hasta ahora y es indudable su apuesta por una mayor construcción de la unidad de Europa. Sin duda, mucho tuvieron que hacer los primeros presidentes de la Asamblea, considerados como padres fundadores de la Unión Europea, como fueron el socialista belga, Paul-Henri Spaak y el italiano, democratacristiano, Alcide De Gasperi. Sus personalidades marcaron enormemente el rumbo de los primeros años, como lo hicieron Simone Veil, Enrique Barón, José María Gil Robles, Josep Borrell, Martin Schulz o el italiano Antonio Tajani.

En aquellos momentos iniciales, la Asamblea común solo tenía breves poderes de control sobre la Alta Autoridad, porque solo podía aprobar mociones de censura en caso de que no se ajustase al papel estipulado en el Tratado de la CECA. No obstante, el Parlamento nunca dejó de solicitar mayores poderes y por eso se involucró en fructíferos diálogos políticos con la Alta Autoridad.

Hasta la entrada en vigor de los Tratados de Roma, firmados el 25 de marzo de 1957, por los que se establecía una Comunidad Económica Europea y una Comunidad Europea de la Energía Atómica, la Asamblea permanecería con un papel muy residual, importante, pero secundario al fin al cabo. Con la entrada en vigor de los Tratados de Roma, el 1 de enero de 1958, es entonces cuando tenemos por fin una Asamblea Parlamentaria Europea. Ya no tendríamos Asamblea Común, ahora sería Parlamentaria, cuyo primer presidente fue, -¿adivínenlo?- Robert Schumann, miembro del Movimiento Republicano Popular francés, que leyó la declaración de 9 de mayo de 1950.

Pues, bien con la entrada en vigor de los Tratados de Roma, tendríamos el 19 de marzo de 1958 en Estrasburgo la reunión oficial constituyente de la Primera Asamblea Parlamentaria Europea y no sería hasta el 30 de marzo de 1962 cuando el Parlamento decidiría adoptar, motu proprio, la decisión de uniformar su denominación en las cuatro lenguas de la Comunidad, empleando para ello el término Parlamento Europeo. Esta denominación no se trasladó oficialmente al Derecho Originario hasta la reforma de los Tratados realizada en el Acta Única Europea, pero sin duda supuso un gran despegue para la labor institucional de la Cámara.

La Asamblea Parlamentaria Europea, que había nacido de los Tratados de Roma y que continúa con la labor de la Asamblea Común de la CECA, había triplicado el número de miembros, creciendo hasta los 142 y los poderes y las competencias con los que disfrutaba habían aumentado cualitativamente. Entonces ejercería un papel deliberativo y consultivo mayor, en algunos casos para tramitar actos jurídicos, donde se requería su consulta obligatoria.

El 20 de marzo de 1958, se disparó el número de comisiones, constituyéndose 13 bajo el paraguas de las nuevas competencias asumidas por la Asamblea y cuya composición se repartirían proporcionalmente en función de la representación en el plenario. Eso sí, oscilaban entre la treintena y la veintena de miembros y con el paso de los años han sido modificadas en su denominación y composición.

Hoy en día contamos con 22 comisiones permanentes, a la cabeza con Asuntos Exteriores y Derechos Humanos, junto a Seguridad y Defensa, Comercio Internacional o Desarrollo. Además, a lo largo de esta legislatura hemos tenido distintas comisiones especiales y de investigación, convocadas ad hoccon una duración más limitada. Desde Terrorismo a Procedimiento de Autorización de la Unión para los Plaguicidas, Medición de las Emisiones en el Sector del Automóvil (¡un auténtico escándalo el dieselgate!) y, una fundamental, la de Blanqueo de Capitales y Elusión y Evasión Fiscales.

Esta labor, la de las Comisiones, es enormemente relevante, porque no debemos olvidar que los asuntos, antes de ser abordados por el pleno del Parlamento Europeo, se discuten en las comisiones de trabajo especializadas, en razón de la materia. Sus informes son los que más tarde se trasladan al plenario para su aprobación o definitivo rechazo.

Pues bien, este Parlamento Europeo no fue una institución obediente, dócil y sumisa a la autoridad de los gobiernos en la década de los 60, 70 y 80. En buena medida, se mantuvo disconforme frente al papel que le reservaban los Tratados fundacionales. La prueba la tenemos en su lucha constante por poder contar con un sistema de elecciones libres, democráticas, con voto universal en los Estados miembros, para que a raíz de ellas pudieran emanar con legitimidad los representantes de la ciudadanía europea. Unos representantes que ostentarían una legitimidad suficiente como para exigir avances concretos en el proyecto europeo, y no para trasladar meramente inquietudes de aquellas cámaras parlamentarias nacionales de donde indirectamente procedían.

El Consejo Europeo, gracias a la absoluta convicción de que este proyecto no era solamente económico sino también político y que habían aumentado el grado de cooperación, decidió aprobar en su reunión de 12 de julio de 1976 el acto jurídico sobre el cual se iban a distribuir los escaños del Parlamento Europeo para las elecciones de 1979. El total de eurodiputados ascendería a 410 y la distribución sería la siguiente: Francia, Italia y Reino Unido, más Alemania, contarían con 81 parlamentarios cada uno. Países Bajos con 25, Bélgica 24, Dinamarca 16, Irlanda 15 y Luxemburgo 6.

Esta decisión fue todo un hito y se pudo adoptar precisamente porque hubo personajes con altura de miras, con perspectiva generacional, como fue Valery Giscard d’Estaing, entonces Presidente de la República Francesa, muy favorable al voto por sufragio universal directo para el Parlamento. Años más tarde, él mismo sería diputado y en 2002 Presidente de la Convención para el Futuro de Europa, aquella que redactó el Tratado Constitucional.

Para que hoy estemos aquí en Sevilla, -insisto-, hablando sobre por qué es importante el Parlamento Europeo, se debe precisamente a que contamos con un Acta Electoral Europea, de 20 de septiembre de 1976. Un acto jurídico que esboza, a modo de legislación marco, la elección directa de los distintos eurodiputados en las circunscripciones nacionales, pero que no establece un procedimiento electoral uniforme y homogéneo, pues el procedimiento electoral se regiría en cada Estado por las disposiciones nacionales.

Tanto es así, que desde la reforma de esta norma, con la decisión del Consejo de 25 de junio y 23 de septiembre de 2002, las circunscripciones electorales se mantienen bajo características nacionales, y podemos observar circunscripciones únicas en Portugal, Grecia, Países Bajos, Luxemburgo Dinamarca o España, mientras que hay distintas divisiones regionales en países como Reino Unido, Polonia, Irlanda, Italia, Francia, Bélgica o Alemania.

Por otra parte, las listas se configuran de una manera distinta de un Estado miembro a otro. Por ejemplo, los electores pueden manifestar sus preferencias en países como Bélgica, Italia los Países Bajos o Dinamarca. Se puede, incluso, mezclar diferentes listas como en Luxemburgo y el máximo caso de rigidez lo encontramos en Estados cuyas listas están bloqueadas, como en Portugal, Grecia España o Francia. Ya no hablemos de los requisitos necesarios para presentarse a las elecciones, desde las 7.500 firmas en Portugal a las 150.000 de Italia. Un verdadero disparate.

Para poder entrar al Parlamento Europeo hay un umbral mínimo de votos, pero la norma europea marca que no puede superar el 5% de los votos emitidos. Evidentemente se pueden estipular límites en el gasto de las campañas y a nadie le está permitido votar más de una vez.

Todos los ciudadanos de la Unión tienen el derecho de poder ser electores y elegibles y lo verdaderamente interesante, a pesar de que hoy carecemos de listas transnacionales, es que hay muy pocos partidos políticos que tengan en sus listas a ciudadanos procedentes de otros Estados miembros de la Unión Europea que no sean del propio país.

Volt hoy supone un cambio fundamental en este proceso, porque es uno de los primeros partidos políticos que integrará en sus listas a ciudadanos procedentes de diversos Estados de la Unión Europea. Es decir que Volt España no solamente tendrá a españoles en sus listas, sino que su lista será una viva imagen de lo que es la Unión Europea, una multiplicidad de ciudadanos que están presentes que viven, viajan, estudian o trabajan a lo largo de la Unión.

Una vez visto el régimen jurídico electoral, no podemos olvidar que una de las verdaderas funciones con las que se identifica un Parlamento es con la labor legislativa y, en el caso europeo, no sería hasta la aprobación del Acta Única Europea cuando al Parlamento se le asociaría más estrechamente con el proceso legislativo comunitario. Insisto, he empleado el términoasociación, es decir, todavía no participaba plenamente en el proceso legislativo, sino que sencillamente se habían aumentado de forma notable el número de informes vinculantes necesarios para pasar cualquier tipo de acto jurídico. Sin dichos informes del Parlamento no se podían aprobar las normas, pero en cualquier caso no se requerirá el voto afirmativo de los informes para aprobar las normas en el Consejo.

En 1990, con la caída de la URSS, la aparición de un escenario internacional convulso, la Guerra del Golfo, el nuevo orden unipolar, la descomposición de Yugoslavia… Entonces, dada la sintonía entre los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión, se discute avanzar en la Unión Económica y Monetaria, así como también desarrollar más la Unión Política.

En dos Conferencias Intergubernamentales se conseguiría alumbrar el Tratado de la Unión Europea y se empezaría a llamar a este proyecto por su nombre. En lo que al Parlamento Europeo se refiere, el origen de su poder legislativo se encuentra en la entrada en vigor de ese tratado de reforma, no con las peticiones que ya habían realizado, una década antes, parlamentarios como Altiero Spinelli, sino con el Tratado de Maastricht. A partir de ahí, el derecho originario sucesivamente enmendado, tanto en el Tratado de Ámsterdam, de Niza y de Lisboa, a través de los cuales se ha ido incrementando sustantivamente el poder del Parlamento Europeo, poseerá capacidad legislativa en pie de igualdad junto al Consejo y se necesitará la aprobación por parte de ambas instituciones para que el acto jurídico surta efectos. El Consejo representa la voluntad de los Estados miembros, representados a través de los ministros, mientras el Parlamento Europeo representa la voluntad de los ciudadanos, elegidos directamente por elecciones periódicas en sufragio universal.

Como decíamos, es con el Tratado de Maastricht con el que podemos denominar al Parlamento Europeo un auténtico Parlamento, y no como se le llamaba hasta entonces “el Parlamento de Mickey Mouse”. Comparado con cualquiera de los parlamentos nacionales o de cualquier otro Parlamento del mundo, su valor era más bien escaso. Con anterioridad a Maastricht se dedicaba a discutir cuestiones que luego se podían o no tener en cuenta, pero no tenían un verdadero poder legislativo.

Sin duda, la institución más beneficiada del Tratado de Maastricht, que cumplió el pasado mes de noviembre 25 años de su entrada en vigor, y fue el Parlamento Europeo, pues no solamente se le atribuyó capacidad legislativa, sino que se le concedió la capacidad de invocar a la Comisión para que presentase propuestas legislativas, sin llegar a ostentar el poder de la iniciativa legislativa, que hoy monopoliza la Comisión Europea, en términos casi absolutos. Además, el Parlamento reforzó sus competencias de control político y tendría ya capacidad para otorgar su dictamen favorable ante el nombramiento del Presidente y los miembros de la Comisión.

Por lo tanto, hoy el Parlamento Europeo no es ya esa Asamblea Común que comenzó con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, no es ya esa Asamblea Parlamentaria de los Tratados de Roma. Es un parlamento en el pleno sentido de la palabra, tal y como nosotros entendemos el parlamentarismo: se debate, se discute, se negocia, se propone, se denuncia, se premia, aprueba nombramientos y hasta puede emanar de su resultado el candidato a presidir la Comisión Europea… En definitiva, la ciudadanía es la que realmente tiene el poder y la llave de esta institución porque sus miembros se sientan, tanto en cuanto han sido elegidos por los ciudadanos y no designados por los distintos gobiernos o parlamentos.

El Parlamento Europeo es una institución rupturista, ya que forma parte de una organización internacional compuesta por 28 Estados miembros, y no existe ninguna otra en el mundo cuya asamblea parlamentaria sea elegida directamente por elecciones libres a lo largo de los distintos Estados. En ese sentido, cristaliza el principio democrático dentro de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa.

Ahora bien, desde que comenzaron las elecciones de 1979 hasta las últimas que se celebraron en 2014 la participación global no ha dejado de disminuir. Comenzamos con un 63 por ciento de participación y hemos terminado tocando fondo con un 43,09 por ciento. La abstención es alarmante y la ciudadanía está francamente desinteresada. La prueba está en que no acuden a votar, porque ven a sus miembros excesivamente alejados de la realidad, inmersos en una burbuja bruselense que no tiene contacto con los problemas cotidianos del día a día de los ciudadanos.

Nosotros, desde Volt venimos a decir que parte de ese discurso no es cierto, que no lo vamos a asumir.Tendríamos que centrar nuestra estrategia en destacar precisamente aquellos aspectos del Parlamento Europeo que no están funcionando y que rechinan, como por ejemplo la falta de transparencia en los sueldos de los parlamentarios, que perciben abultados ingresos para gastos en oficina y no rinden cuentas de esas asignaciones económicas.

No nos vamos a quedar solamente en el salario de sus señorías, nos vamos a centrar en las atribuciones de control político y vamos a ser más activos, denunciando la inacción de los Estados miembros cuando constatamos una realidad como, por ejemplo, la desidia en la actuación ante la crisis de los refugiados, donde todavía carecemos de una verdadera política de inmigración y asilo basada en la solidaridad pues a nuestro pesar están triunfando el egoísmo y los intereses nacionales.

Vamos a destacar, en las interpelaciones y en los turnos de preguntas, que la Unión Europea, en cuanto a compromisos medioambientales, se encuentra a años luz de sus objetivos. Greta Thunberg ya lo ha denunciado, y nosotros no nos vamos a callar. La Unión Europea es uno de los bloques económicos que más medios tiene y que menos esfuerzos está realizando, proporcionalmente, para transformar su sistema productivo en economías sostenibles, descontaminadas y limpias.

Estamos cansados de falsas promesas, de respirar aire contaminado, de ver los ríos sucios y llenos de contaminantes, con espumas químicas en su superficie, de observar la dejadez de las políticas forestales cuando arde Europa cada verano, los campos llenos de plásticos que no se degradan, que se convierten en fragmentos minúsculos y que terminan entrando en la cadena trófica y nos los comemos sin darnos cuenta… Esa no es la Europa que queremos, esa no es la Europa que quiere Volty estaremos ahí afuera, en Sevilla, en Madrid, en Barcelona, en París, en Berlín, en Bucarest, en Tallín, en Trieste o en Praga, defendiéndolo.

Los grandes partidos, que han construido este modelo económico y social, son el gran fracaso para que hoy la integración europea se encuentre en coma, porque la gente está volviendo a ser más egoísta, más nacionalista y más insolidaria y mucho más intolerante de lo que eran aquellos que decidieron poner de lado sus diferencias nacionales, para orquestar un proyecto común y construir entre todos esta estructura europea que nos protegiese contra las enormes tensiones globales que podían estallar. Hoy, lo que está a punto de estallar, con Le Pen, Salvini, Orban, Wilders, Abascal o Puigdemont es la propia Europa.

Estamos observando, en este contexto, un Parlamento Europeo ausente y mediocre en sus planteamientos cuando la Unión carece de un ambicioso presupuesto comunitario. Hoy en día, el Parlamento Europeo tiene la capacidad de aprobar o rechazar el presupuesto financiero plurianual, el denominado marco financiero. Pues bien, desde un tiempo a esta parte, el Parlamento, -dirigido mayormente por las familias socialdemócratas de Europa y los Conservadores Populares Europeos-, ha aceptado tácitamente las limosnas que les han repartido los Estados miembros para contentarse con un escaso 1 por ciento del Producto Nacional Bruto. ¡Basta!

Así no podemos construir una verdadera política de cohesión, no podemos dotar a una Unión con políticas sociales, ni tener políticas de transporte, medioambientales o sanitarias ambiciosas. Y ni hablar ya de política exterior y de seguridad común o política de defensa porque los Estados contribuyen muy poco y negocian con fiereza cada euro que dan al presupuesto. Esta es una muestra de la carencia de ambición en el grado de solidaridad común.

Y por último, el buenísmo que hemos observado en la construcción comunitaria, especialmente en la década de los 90 y primera década del siglo 21, se ha esfumado. La crisis económica ha dilapidado la confianza existente entre los Estados miembros. Algunos ya han hecho las maletas y se quieren marchar, (-¡gran pena me da por los británicos!-), pero dejan un proyecto realmente hermoso.

Hoy por hoy, lo que se ha elevado es una barrera invisible entre los Estados que contribuyen netamente y los Estados receptores de Fondos europeos, en ese escenario donde Europa, de manera desigual, distribuye sus cargas, manifiesta la insolidaridad y no está a la altura de los retos.

Aquí es donde Volt viene a decir que existe un futuro mejor. Votar en las elecciones al Parlamento Europeo no es una opción, es nuestra obligación como ciudadanos europeos. No hay actualmente mejor opción que nuestro partido político. No lo digo porque yo sea parte de él, sino porque fijándonos en como son los partidos nacionales, -estructuras de poder que buscan sacar ventaja cada una para su circunscripción-, la nuestra no es nacional, es europea: ese es el hecho diferencial. No somos solo Volt España, somos Volt Italia, Volt Portugal, (bandera en la frontera), somos Volt Irlanda, Volt Alemania, Volt Bulgaria y así seguiría hasta citar todos los Estados de la Unión y otros tantos fuera de ella.

Para que esta Europa en coma pueda volver a respirar, a devolver la ilusión a los millones de ciudadanos que la han perdido y apuesten por una mayor Unión, necesitamos un proyecto que hemos defendido en nuestra Declaración de Ámsterdam y en nuestro detallado programa electoral.

No queremos que esta organización internacional, conocida como Unión Europea, con sus grandes limitaciones y su rigidez de procedimientos sea un impedimento para avanzar y progresar. No queremos que los independentismos la fracturen y dividan como esperan los intereses espurios del exterior que anhelan debilitarla.

Debemos avanzar y no estancarnos con los cantos de sirenas nacionalistas. Debemos actuar cuando otros llaman a desmontar la Unión, debemos estar presentes en el debate político para llamar a la gente a que ejerza sus derechos y vote por la Unión. Y, sobre todo, debemos apostar por tener un Parlamento Europeo con capacidad de iniciar el procedimiento legislativo que actualmente no tiene.

Hay que reformar los Tratados, y los Estados hoy por hoy no quieren reformar los Tratados porque no existe voluntad común de construir una mejor Europa. Hay Estados que han optado por abandonar la Unión Europea y otros optan por fracturar este proyecto. Si esas corrientes triunfan, volveríamos al periodo anterior a la Segunda Guerra Mundial: ¿cuánto tiempo haría falta para que en algún Estado surgiese algún líder totalitario o fascistoide?

No queremos volver atrás, no queremos repetir los errores del pasado, la historia nos ha dado grandes lecciones. Lo que hay que hacer es canalizar esa enorme ilusión, -que es la fortaleza de este partido-, y construir con ella una alternativa creíble que ilusione a los ciudadanos, en favor de un futuro mejor. Más inclusivo, más solidario, más tolerante, más sostenible, más justo, más equitativo, más respetuoso con los derechos humanos.

No podemos prestarnos a participar en unas elecciones sin tener siempre presente los valores de nuestro partido, que son paneuropeos, que trascienden a nuestro tiempo y a nuestra causay que se han olvidado de una manera explícita. Hoy podemos devolver la esperanza a millones de ciudadanos que viven en Estados que escurren el bulto, que no practican la solidaridad y no respetan a las minorías, que se han vuelto más contaminantes y egoístas. Podemos transformar Europa y estoy enormemente orgulloso de formar parte de esta gran iniciativa que va a hacer Historia. He dicho.

Julio Guinea Bonillo. Febrero 2019, Sevilla.

Profesor Universidad Rey Juan Carlos

Profesor Universidad Europea de Madrid

Coordinador de Volt Madrid

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